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Stocks: luces y sombras

La imagen es una de las interesantes infografías que aparecen en el sitio demon.ocrazy, en las que se muestra cuánto ocupa una determinada cantidad de dinero (100 millones en billetes de 100 en este caso)
Me llamó la atención porque siempre que pienso en altos niveles de inventario me viene a la cabeza la imagen casi fotográfica de un almacén lleno de pallets cargados de billetes: dinero no productivo que espera la llegada de una incierta demanda para ponerse a trabajar.
El stock es un elemento demonizado demasiado a menudo entre los logísticos, al que creo que deberíamos dar, si no una oportunidad, al menos una lectura más amplia. Permítanme compartir un par de reflexiones en voz alta al respecto.
El stock como elemento consustancial al producto. Un buen jamón requiere una curación de varios meses. ¿Imaginan un negocio de fabricación de jamones sin stock? Es sencillamente inviable. Vamos: que sin stock, no hay jamón.
Un mínimo nivel de servicio requiere un cierto nivel de inventario. No puedo concebir un bar, un restaurante o incluso una floristería (pese a la corta vida de la flor cortada) sin un stock un tanto sobredimensionado. Seguramente debido a la historia o a motivos culturales, consideramos poco admisible que en uno de estos establecimientos no puedan servirnos una cerveza, un café, pan o un entrecot porque la demanda de ese día ha sido superior a la prevista.

El stock como elemento diferenciador. Por esos mismos motivos históricos o culturales, lo normal al acudir a una tienda de muebles es que haya que esperar varias semanas –o meses- para disponer de un producto ¡de catálogo! Hay quien supo romper con este modelo y cambió el paradigma del negocio disponiendo de stock de mobiliario, con resultados claramente a su favor (y, lo que es más importante, a favor del cliente)
Objeto de deseo. Hay modelos de negocio en los que la estrategia es la contraria: dosificar el stock [disponible en el punto de venta] para aumentar el apetito por el producto y –con ello- la demanda a medio plazo. Es el caso de cada nuevo modelo de iPhone. La cosa mejora en su modalidad -refinada por el marketing- del resérvelo ya. Todo ello, antes de que el producto salga al mercado y –ni que decir tiene- sin que nadie lo haya probado ni tan siquiera tocado. Este también es el caso de cada última aventura de Harry Potter: no me digan que no resulta exótico ver gente haciendo cola en una librería.
Oportunidad que no se puede dejar pasar. La última prenda de éxito de Zara puede ser un buen ejemplo de dosificación de stock -no ya en el punto de venta, sino en toda la cadena de suministro. En una renovada versión del castizo “me lo quitan de las manos” el deseo de comprar se acrecienta ante la perspectiva de no volver a tener la oportunidad de comprar el producto nunca más.
El stock como salvavidas. Parar la línea de producción de una fábrica de automóviles conlleva unas penalizaciones por hora de seis cifras [en euros] Hay quien piensa que un elevado nivel de stocks está, en estos casos, más que justificado. Aquí debo confesar que me cuesta más pasar por el aro pese a que los números no jueguen a mi favor. Déjenme que me explique: el stock puede ser conveniente, incluso necesario, como hemos comentado más arriba. Lo que no debe ser, es una excusa para no hacer las cosas bien –suficientemente bien.
Y es aquí donde el stock muestra su lado oscuro, que es precisamente aquel en el que las cosas –y los problemas-no se perciben con claridad.